Temas de ARTE®
Ensayo · La vía de la belleza · A propósito de León XIV

León XIV: La belleza nos ayuda a «levantar la mirada hacia el cielo»

Bastó una frase, dicha sin papeles y al raso de una noche de verano, para reunir de golpe veinte siglos de meditación sobre el arte. Este ensayo sigue el rastro de esa frase de León XIV hacia atrás y hacia dentro, hasta comprobar que la hermosura, incluso en un mundo averiado, continúa siendo lo que siempre fue: una puerta entreabierta.

Bill Viola, The Greeting, junto a la Visitación de Pontormo
Bill Viola, The Greeting (1995), junto a la Visitación de Pontormo (h. 1528) en que se inspira: el saludo entre dos mujeres, dilatado a cámara lentísima. © Bill Viola Studio

Hay frases que uno agradece que no estuvieran escritas de antemano. La que aquí nos ocupa se pronunció al aire libre, sin atril y casi de improviso, la tarde del 18 de julio de 2026, en el patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo. Acababa de apagarse la orquesta que la Diócesis de Albano había ofrecido al Papa; sobre la pantalla que servía de telón a los músicos ardía, proyectado, un cielo de estrellas. León XIV se puso en pie y habló como quien piensa en voz alta. «Vivimos en un mundo en el que falta la belleza. Hay muchos problemas: guerras, conflictos, odio, violencia, falta de trabajo y muchas otras cosas», dijo, y remató con las palabras que en pocas horas darían la vuelta al planeta: podemos «mostrar la belleza que, de corazón a corazón, nos ayuda a ver y a levantar la mirada hacia el cielo».1

Detengámonos, porque la llaneza de la frase es engañosa. Quien la oiga deprisa creerá que se trata de un cumplido de circunstancias, la cortesía de un pontífice agradecido por un buen concierto. Quien la escuche despacio advertirá otra cosa: que ahí, en apenas dos líneas, se ha condensado una de las intuiciones más porfiadas del pensamiento cristiano, la de que lo bello no es aderezo de la vida sino órgano de conocimiento; no un premio para los ratos de ocio, sino una lengua con la que el Creador se dirige a quien sabe prestarle oído. León XIV no inventaba nada aquella noche. Se situaba, tal vez sin del todo advertirlo, en la encrucijada exacta donde se dan cita sus dos predecesores y una corriente que baja desde Platón y desemboca en la teología de nuestro tiempo. Vale la pena, pues, tomar la frase por lo que es y recorrer el hilo que la sostiene.

Masolino, Piedad, y Bill Viola, Emergence
Bill Viola, Emergence (2002), y la Piedad de Masolino da Panicale (1424) que le dio origen: el pulchrum antiguo renaciendo en vídeo. © Bill Viola Studio

Una necesidad, no un lujo

Repárese primero en dónde planta el Papa su afirmación: reivindica la belleza justo allí donde escasea, en un mundo de trincheras y rencores. No es evasión, sino su reverso. La estampa de un hombre que se refugia en lo hermoso para no ver el dolor del prójimo sería una caricatura miserable de lo que aquí se propone. Ya san Agustín, en el que quizá sea el pasaje más íntimo de toda su obra, había convertido el hallazgo tardío de la hermosura en confesión y en herida: «¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!».2 La belleza, en su experiencia, no colma: enciende una sed que apunta más allá de las cosas, hacia el manantial de donde manan. Toda hermosura terrena es, en esa gramática suya, una flecha clavada en el aire, señalando.

La misma certeza reaparece, ya cerca de nosotros, en la Carta a los artistas que Juan Pablo II firmó un Domingo de Resurrección, el de 1999. El Papa venido del teatro y de la poesía hizo suya la sentencia de Dostoievski —«la belleza salvará al mundo»— y la afinó sin sentimentalismo: «La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una invitación a gustar la vida y a soñar el futuro».3 Conviene rescatar un matiz que la propia tradición ha custodiado: cuando el novelista ruso puso aquellas palabras en labios del príncipe Myshkin, no pensaba en una belleza cualquiera, decorativa e indolora, sino en la belleza que redime, la del rostro de Cristo.4 No se trata, por tanto, de maquillar el mundo, sino de reconocer en lo hermoso la señal de una salvación posible.

Tenemos necesidad de vosotros

Pablo VI · a los artistas, 1964
Recopilación I

Documentos del Magisterio sobre la belleza y el arte

  • Pablo VI — Misa de los artistas, Capilla Sixtina, 7 de mayo de 1964.Reanuda en público la vieja «amistad entre la Iglesia y las artes».
  • Juan Pablo II — Carta a los artistas, 4 de abril de 1999.La via pulchritudinis; el artista como imagen de Dios creador. · Leer el texto íntegro (vatican.va)
  • Benedicto XVI — Encuentro con los artistas, Capilla Sixtina, 21 de noviembre de 2009.La belleza que «alienta a levantar la mirada hacia el horizonte». · Leer el texto íntegro (vatican.va)
  • Consejo Pontificio de la Cultura — La via pulchritudinis, 2006.El documento que sistematiza la belleza como vía pastoral. · Leer (vatican.va)
  • Francisco — Discurso a los artistas, cárcel de la Giudecca, Venecia, 28 de abril de 2024.Primer Papa en la Bienal; el arte y la dignidad del que sufre. · Leer el texto íntegro (vatican.va)
  • León XIV — Palabras tras el concierto de la Diócesis de Albano, Castel Gandolfo, 18 de julio de 2026.La belleza que «ayuda a levantar la mirada hacia el cielo». · Crónica y texto (Vatican News)

El trascendental olvidado

Para entender por qué la Iglesia se obstina en el arte hay que bajar un instante a la metafísica, sin arrugar el gesto ante la palabra. La vieja escuela reconocía en todo cuanto existe tres propiedades que lo acompañan sin excepción, los llamados trascendentales: lo verdadero, lo bueno y lo bello; el verum, el bonum y el pulchrum. Santo Tomás de Aquino cifró lo bello en una fórmula de una sobriedad que asombra: bello es aquello que, visto, agrada, y para lograrlo pedía tres cosas —integridad, proporción y esa claridad o resplandor que hace que una forma parezca encendida por dentro.5 La belleza no era, así, un antojo del que mira, sino un rasgo del ser mismo, hermanado sin remedio con la verdad y con el bien.

El desgarro de la modernidad consistió, según diagnosticaría el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, en dejar caer justamente ese tercer hermano. Su obra mayor, Gloria. Una estética teológica, arranca con una advertencia que Benedicto XVI gustaba de repetir: «La belleza es la última palabra a la que puede llegar el intelecto reflexivo, ya que es la aureola de resplandor imborrable que rodea a la estrella de la verdad y del bien, y su indisociable unión».6 Balthasar temía algo muy concreto: que una civilización capaz de renunciar a la belleza acabara perdiendo también la verdad y el bien, porque los tres se tienen en pie unos a otros, y descuidar uno —escribió— repercute «catastróficamente» en los otros dos.7 Su empresa entera fue devolver el pulchrum al centro de la teología; pensar a Dios no solo como lo verdadero y lo bueno, sino como Gloria, esto es, como belleza que se derrama.

Renunciar a la belleza no es perder un adorno: es empezar a perder, sin ruido, también la verdad y el bien.

No caminó solo en ese rescate. Antes que él, Jacques Maritain había vuelto a leer a santo Tomás para entender el trabajo del artista, y sostuvo que quien crea participa, en su escala menuda y esforzada, del acto creador de Dios.8 Y mucho más atrás, en la raíz misma de la cultura de Occidente, Platón había descrito en el Banquete una escalera que sube desde la hermosura de un cuerpo hasta la Belleza en sí, eterna e increada; Plotino, en las Enéadas, haría de esa subida el viaje de vuelta del alma hacia el Uno.9 Cuando León XIV habla de una belleza que hace «levantar la mirada», está diciendo, en el castellano de un patio de verano, aquella misma escalera griega, bautizada después por veinte siglos de cristianismo.

Recopilación II

Tratados de estética: la belleza y el Creador

  • Platón — Banquete (s. IV a. C.).La ascensión de la belleza sensible a la Belleza en sí. · Texto libre (Wikisource)
  • Plotino — Enéadas, I, 6, «Sobre la belleza».Lo bello como huella del Uno y retorno del alma. · Referencia y ediciones
  • San Agustín — Confesiones (397–400).La belleza como nostalgia de Dios. · Texto libre (augustinus.it)
  • Santo Tomás de Aquino — Suma de Teología (s. XIII).El pulchrum: integridad, proporción y claridad. · Texto libre en español
  • Jacques Maritain — Arte y escolástica (1920).El artista partícipe del acto creador.
  • Hans Urs von Balthasar — Gloria. Una estética teológica (1961–1969).La belleza como tercer trascendental de la teología.
  • Tradición islámica — el hadiz «Dios es bello y ama la belleza» (Sahih Muslim); la noción de ihsan.Otra fe que ata la hermosura y el arte a lo divino.
  • Rabindranath Tagore — Sadhana (1913).Desde el hinduismo: la belleza como comunión con lo infinito.

La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente

Juan Pablo II · Carta a los artistas, 1999

Benedicto XVI: la vía de la belleza

El 21 de noviembre de 2009, bajo la bóveda que Miguel Ángel cubrió de figuras entre 1508 y 1512, Benedicto XVI convocó a doscientos cincuenta artistas llegados de todo el mundo, buena parte de ellos ajenos por completo a la fe. No les habló de dogma, sino de hermosura, y les lanzó una pregunta que ya es un clásico de la estética contemporánea: qué otra cosa, sino la belleza, «puede volver a dar entusiasmo y confianza», qué otra cosa puede animar al espíritu «a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación».10

Quien tenga fresca esa pregunta reconocerá al instante el aire de familia con lo dicho por León XIV en Castel Gandolfo. «Hacia el horizonte», invitó Benedicto; «hacia el cielo», diría León diecisiete años más tarde. No es copia ni casualidad: es una misma tradición que respira por bocas distintas. En aquel discurso, Joseph Ratzinger puso en circulación, para el gran público, la expresión que nombraría toda una pastoral —la via pulchritudinis, el camino de la belleza—, «que constituye al mismo tiempo un recorrido artístico, estético, y un itinerario de fe». Y fue allí, bajo el Juicio Final, donde citó las palabras iniciales de la Gloria de Balthasar, tendiendo con naturalidad un puente entre la teología más ardua y el oficio del que trabaja con las manos.

La vía de la belleza es capaz de guiar la mente y el corazón hacia lo Eterno

Benedicto XVI · Capilla Sixtina, 2009
Videoinstalación de Bill Viola en la catedral de San Pablo, Londres
Bill Viola, videoinstalación permanente en la catedral de San Pablo de Londres (2014–2016): el arte del vídeo devuelto al interior de un templo. © Bill Viola Studio

Francisco: la belleza entre los alambres

Si Benedicto pensó la belleza desde el techo más glorioso del mundo, Francisco quiso pensarla desde su reverso. El 28 de abril de 2024 se convirtió en el primer Papa de la historia en visitar la Bienal de Arte de Venecia, y lo hizo del modo menos previsible: el pabellón de la Santa Sede, titulado Con mis ojos, se había levantado dentro de la cárcel de mujeres de la isla de la Giudecca.11 Allí, entre rejas y ladrillos gastados, ochenta reclusas habían trabajado hombro con hombro con artistas de primera fila. Francisco las saludó una por una y, apartándose del papel, les dejó una frase seca como una piedra: «Nadie puede quitarle la dignidad a una persona, nadie».

En la capilla de la prisión, ante los creadores, pronunció luego un discurso que nos importa de cerca. Confesó su esperanza de que «el arte contemporáneo pueda abrirnos los ojos», y de que nos ayude a valorar como se debe la aportación de las mujeres a la aventura común; evocó a Frida Kahlo, a Corita Kent, a Louise Bourgeois.12 El gesto encerraba una tesis incómoda y hermosa: la belleza no es patrimonio de los museos ni condecoración de los poderosos; puede brotar —y acaso resplandece con más verdad— en el envés del mundo, entre quienes pagan una condena. La Bienal, la feria más mundana de cuantas celebra el arte, se volvía por unas horas lugar de dignidad.

Bill Viola, Mary, tríptico de vídeo
Bill Viola, Mary (2016), tríptico. Una madre que sostiene el cuerpo del hijo: la piedad hecha luz de pantalla, en la catedral de San Pablo. © Bill Viola Studio · foto: Peter Mallet, cortesía Blain|Southern
Bill Viola, Emergence — fotograma Temas de ARTE
Bill Viola, Emergence (2002). Un cuerpo pálido emerge de un sarcófago de mármol entre un torrente de agua: muerte y nacimiento en un mismo gesto, a cámara lentísima. © Bill Viola Studio · pulse para ver el vídeo en YouTube

Los artistas son aliados del sueño de Dios

Francisco · Capilla Sixtina, 2023

El hilo que los anuda

Y llegamos al punto donde las tres voces se trenzan. Leídas juntas, las palabras de Francisco, Benedicto y León XIV no suenan a repetición, sino a un mismo pensamiento desplegado en tres tiempos, como quien gira una piedra preciosa para verle las caras. Benedicto puso el fundamento: la belleza es una vía, un camino de veras transitable que asciende de lo que se toca a lo que no se ve, y por eso la Iglesia no puede desentenderse del arte sin faltarse a sí misma. Francisco añadió la condición que la salva de la frivolidad: esa hermosura no será verdadera si le vuelve la espalda al dolor humano, si no sabe bajar a una cárcel y llamar persona a la última de las presas. Y León XIV, en el patio de Castel Gandolfo, ha dado con la síntesis en su forma más desnuda y más apremiante: en un mundo de guerras y de odio, la belleza es lo que nos recuerda que «hay algo más allá de todo esto», y nos ayuda, de corazón a corazón, a alzar los ojos.

Adviértase la terca coherencia del vocabulario. Benedicto pedía subir la vista «hacia el horizonte»; Francisco quería que el arte «nos abra los ojos»; León nos empuja a «levantar la mirada hacia el cielo». El ojo, la mirada, el gesto de erguirse: es la escalera de Platón, la sed de Agustín, la Gloria de Balthasar, dichas ahora en el habla llana de tres hombres que se dirigen, cada uno, a los artistas del mundo, a las cautivas de una isla y a los músicos de una diócesis de pueblo. La tradición no envejece; se traduce, que es su modo de seguir joven.

Queda, al cabo, una tarea idéntica para el creyente y para quien no lo es. Si la belleza es un idioma del Creador, entonces contemplar deja de ser pereza para volverse un acto de inteligencia y hasta de valentía. En una época que fabrica imágenes a la velocidad de la máquina y las gasta sin llegar a mirarlas, recobrar el sentido de lo hermoso —reaprender, sencillamente, a alzar los ojos— acaso sea, como barruntó Dostoievski y repitieron cuatro Papas, una forma discreta y tenaz de salvación. «Hemos podido experimentar en estos minutos de belleza algo grandioso», dijo León XIV aquella noche, «que es precisamente adentrarnos en lo que Dios ha querido en la creación, que es precisamente la belleza».1 La frase, como el cielo de estrellas que ardía sobre la orquesta, se queda abierta hacia arriba.

— Temas de ARTE® · A propósito de las palabras de León XIV en Castel Gandolfo

Anexo

Bill Viola y el Renacimiento reencarnado en vídeo

No es casual que este ensayo se ilustre íntegramente con obra de Bill Viola (1951–2024). Pocos artistas del último medio siglo encarnan con tanta pureza la via pulchritudinis: la convicción de que la imagen puede ser, todavía hoy, una puerta hacia lo sagrado. Formado en el vídeo cuando este era apenas un balbuceo técnico, Viola hizo de la cámara lenta un instrumento espiritual, y de la pantalla, un retablo.

El corazón de su diálogo con la tradición cristiana se concentra en dos momentos. El primero es la serie The Passions, gestada hacia el año 2000 y presentada por el J. Paul Getty Museum en 2003. En ella Viola parte de modelos del Renacimiento y del medievo devoto para explorar la vida entera de las emociones. The Greeting (1995), que anticipó esa vía y le valió el Pabellón de los Estados Unidos en la Bienal de Venecia de 1995, traduce la Visitación de Pontormo: el encuentro de dos mujeres, dilatado a cámara lentísima hasta volver eterno un saludo. Emergence (2002) reescribe la Piedad de Masolino da Panicale: un cuerpo pálido asciende de un sarcófago anegado de agua, y muerte, nacimiento y resurrección se funden en un solo movimiento.

El segundo momento es tardío y culminante: las dos obras que Viola creó para la catedral de San Pablo de Londres, primeras videoinstalaciones permanentes acogidas por una catedral inglesa. Martyrs (2014) contrapone tierra, aire, fuego y agua como cifra del testimonio hasta el extremo; Mary (2016), tríptico, contempla la maternidad y la compasión en torno a la figura de la Virgen. Con ellas, el arte del vídeo regresaba al lugar del que nació la pintura occidental: el interior de un templo, ante quien reza.

Atravesada por el budismo zen, el sufismo y la mística cristiana, la obra de Viola no ilustra dogmas: los rodea, los interroga, los vuelve experiencia sensible. Por eso dialoga tan bien con las palabras de tres Papas sobre la belleza. Cuando León XIV invita a «levantar la mirada hacia el cielo», describe, sin saberlo, lo que sucede ante un cuerpo de Viola que asciende del agua: el instante en que una pantalla deja de ser pantalla y se convierte en ventana.

Detengámonos en Mary. La catedral de San Pablo la conserva de forma permanente como un relato en cinco tiempos que recorre el arco de una vida entera: el amparo que protege, la ternura que consuela, la presencia que acompaña. Viola contempla a esa mujer desde dos alturas al mismo tiempo —la de lo cotidiano y la de lo universal—, de manera que la madre concreta y la Madre de todos vienen a coincidir en una sola figura. Junto a Martyrs, la pieza demuestra que el arte más actual puede recoger la espiritualidad de lo diario, esa que no necesita altares para suceder: la que ocurre, sencillamente, cuando alguien cuida, aguarda o abraza.

Bill Viola, The Greeting — fotograma Temas de ARTE
Bill Viola, The Greeting (1995). Cuarenta y cinco segundos de un saludo, dilatados a diez minutos hasta volverlo un acontecimiento. © Bill Viola Studio · pulse para ver el vídeo en YouTube

Todas las imágenes: © Bill Viola Studio. Se reproducen a efectos de estudio; su publicación definitiva queda sujeta a la autorización del estudio del artista.

Notas y referencias
  1. León XIV, palabras improvisadas al término del concierto ofrecido por la Diócesis de Albano, patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, 18 de julio de 2026. Texto según Vatican News, edición en español, 19 de julio de 2026. Enlace.
  2. San Agustín, Confesiones, lib. X, cap. 27, 38. Texto.
  3. Juan Pablo II, Carta a los artistas, Vaticano, 4 de abril de 1999, n.º 16. Texto.
  4. Fiódor M. Dostoievski, El idiota (1869), parte III, cap. V. Sobre el sentido cristológico de la frase, cf. Consejo Pontificio de la Cultura, La via pulchritudinis, 2006.
  5. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 39, a. 8; cf. I-II, q. 27, a. 1, ad 3 («pulchra dicuntur quae visa placent»). Texto.
  6. Hans Urs von Balthasar, Gloria. Una estética teológica, vol. I: La percepción de la forma, Madrid, Ediciones Encuentro, 1985, p. 22.
  7. Ibíd., p. 22.
  8. Jacques Maritain, Art et scolastique (1920); ed. española, Arte y escolástica, Buenos Aires, Club de Lectores, 1945.
  9. Platón, Banquete, 210a–212a; Plotino, Enéadas, I, 6.
  10. Benedicto XVI, Discurso en el Encuentro con los artistas, Capilla Sixtina, 21 de noviembre de 2009. Texto.
  11. Sobre la visita: Vatican News y agencias, 28 de abril de 2024. El pabellón de la Santa Sede en la 60.ª Bienal, Con mis ojos, tuvo por comisario al cardenal José Tolentino de Mendonça.
  12. Francisco, Discurso en el encuentro con los artistas, iglesia de la Magdalena, cárcel femenina de la Giudecca, Venecia, 28 de abril de 2024. Texto.

Ensayo de autoría propia · Temas de ARTE® · Todas las imágenes: © Bill Viola Studio, reproducidas a efectos de estudio y sujetas a autorización.

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