El arte abstracto le dio la razón a un obispo del siglo IV y doctor de la Iglesia católica
Malévich, Duchamp, Klein y Kosuth hicieron exactamente lo que Agustín pedía, y ninguno lo había leído. Vaciar la galería y sustituir el objeto por el concepto es lo que el obispo de Hipona reivindicaba quince siglos antes.
En 1915, en Petrogrado, Kazimir Malévich colgó Cuadrado negro en el rincón alto de la sala, el lugar que en las casas rusas ocupaba el icono. Un cuadrado negro sobre fondo blanco. No representaba nada. No pretendía parecerse a nada.
Mil quinientos veintinueve años antes, en Cartago, Agustín había escrito que llamamos falso al árbol pintado por ser semejante a lo verdadero. Malévich acababa de eliminar la semejanza.
CINCO COINCIDENCIAS
Empecemos por la abstracción. Al retirar la figura, Malévich y Vasili Kandinsky suprimen la mímesis, que era el punto exacto de la objeción agustiniana. Lo que queda es forma, proporción y color: medida, número y peso. Sigue el objeto desplazado. En 1917 Duchamp firma un urinario, lo llama Fuente y lo manda a una exposición. No lo hizo él. No lo talló nadie. Es un urinario.
Después, el color sin anécdota. La capilla que Mark Rothko proyectó en Houston, inaugurada en 1971 y un año después de su muerte, reúne catorce lienzos oscuros en un octógono. No hay escena, ni figura, ni asunto. Catorce lienzos negros y una hora sentado.
Y el vacío. En abril de 1958, Yves Klein expuso en la galería Iris Clert de París una sala completamente vacía cuyas paredes había pintado de blanco. La tituló Le Vide. Es la demostración de que el arte no reside en los objetos que los hombres fabrican para la seducción de los ojos. Queda el concepto. Una y tres sillas, de Joseph Kosuth, de 1965, presenta una silla, su fotografía a tamaño real y la definición de la palabra silla ampliada de un diccionario. La obra no es ninguna de las tres. Es la operación intelectual que ocurre entre ellas, y es lo mismo que hizo Agustín con el árbol pintado: separar los planos y obligar a la mente a distinguirlos.
A eso puede añadirse James Turrell, cuyas salas de luz homogénea eliminan los ángulos y las sombras hasta que el visitante pierde la noción de dónde acaba la pared. No hay objeto que mirar, y lo único que le queda delante es él mismo. Es lo que pide De vera religione: que no salgas de ti, que vuelvas a ti, porque en el hombre interior habita la verdad.
LA OBJECIÓN
Nada de lo anterior convierte a Agustín en profeta del arte contemporáneo, y sostenerlo es mala historia. Malévich no leyó De musica. Sus razones para suprimir la figura fueron la teosofía, el futurismo italiano y la revolución rusa. Klein venía del judo y de una vía esotérica propia. Kosuth, de Wittgenstein. Construir una línea de descendencia entre el obispo de Hipona y la vanguardia rusa es proyectar hacia atrás una genealogía inexistente, y eso se ha hecho ya demasiadas veces con demasiados autores.
Lo interesante es justamente que no se leyeran. Dos rutas independientes, separadas por quince siglos, llegaron a la misma conclusión: que la imitación de la apariencia es el camino corto y que conduce a ninguna parte. Cuando dos investigaciones que no se conocen coinciden en el resultado, el resultado gana solidez.
Lo que Agustín deja no es una anticipación. Es un criterio, y los criterios se usan para juzgar obras concretas. La semana que viene. Ese criterio, aplicado a las experiencias inmersivas de pago, al arte generado con inteligencia artificial y a la obra que solo funciona si el espectador ya está de acuerdo.
